Indonesia - Yogyakarta
 

La orografía del país y su extensión iban a condicionar el viaje. Recorreríamos enormes distancias por tortuosas carreteras para lograr llegar a enclaves paradisíacos. Trasnocharíamos y nos veríamos obligados a madrugar para poder apreciar sus bellezas. Un viaje que debía ser cuidadosamente dosificado a lo largo de dos meses.

Era la última luna llena de Mayo por lo que se celebraba una gran fiesta budista en Borobudur. Esto explicaba por qué la mayoría de los hoteles se encontraban completos y nos obligaban a deambular entre estrechas callejuelas en busca de un lugar donde dormir.

El centro de la actividad comercial se encuentra en calle Maliaboro. Durante día y noche sus soportales albergan miles de puestos para la venta de productos principalmente textiles. El exceso de mercancía se apilan en las aceras, en las paredes, en los techos y te hace sentir estar en la cueva de Alí Baba. La calidad de los hoteles se sitúa en medio-bajo y los precios rondan entre los 50.000 y 150.000 rupias indonesias. La variedad y cantidad es grande aunque en nuestro caso no sirvió de nada y nos vimos obligados a coger lo que quedaba. El hotel Karuna nos ofrecía una triste habitación sin baño y con ventilador de pie por 60.000 rupias. No había opción, la habitación estaba limpia, a estándares indonesios, y daba a un patio interior lo que limitaría el ruido. Si bien es cierto que la mayor fuente de ruido del barrio lo originaban los continuos aviones que lo sobrevuelan tan bajo que es posible ver a sus pasajeros a través de las ventanillas. El ventilador se veía incapaz de mandar tímidas ráfagas de aire a la cama más cercana pero era suficiente pues el calor no era extremo. Nos marchamos a dormir.

Nueve horas de sueño no habían sido suficientes como para recomponer totalmente nuestros cuerpos pero sí lo suficiente como para tener ganas de saltar de la cama y encaminarnos a la terraza, con pocas vistas, donde se servía el desayuno. Un arroz frito, un té y fruta más tarde nos encontrábamos pateando las calles de la ciudad. Sus gentes parecían correctas, carecían de la espontaneidad y frescura birmana, o de la amabilidad y delicadeza tailandesa pero no eran tan pesados ni acosadores como los vietnamitas.

Esto no era impedimento para tratar de hacer negocio contigo, resultando fácil encontrar a cualquier taxista que te jurara y perjurara que tal monumento o lugar de interés estaba cerrado y que él, te llevaría a otro encantador sitio. Eso sí, previo paso por decenas de tiendas en las que cobraba comisión.

Salimos del hotel con el equipo viajero, dispuestos a recorrernos la concurrida calle Maliboro para acercarnos al palacio del sultán en pleno centro de la ciudad. Por el camino nos preguntaron infinidad de veces si necesitábamos transporte, pero para nosotros, esto de andar es la mejor manera de conocer un lugar. Sufrimos el ruido de las calles principales, pero al alejarte un poco de ellas, adentrándote en secundarias, éste disminuía.

Fuente:http://www.viamedius.com