La ruta a Villegrande
La ruta cambia de asfalto a ripio a cada instante y el trazado se vuelve sinuoso. El laberinto de caminos estrechos se abre al precipicio, a izquierda y a derecha. A ambos lados se ven las sierras secas y el imponente sistema montañoso, con quebradas de grandes rocas colgando como balcones y un aire espeso producto de la mezcla de humo y polvo. Demasiada sequía que se filtra en el interior de los vehículos, demasiado polvo rojizo. Sí, esa nube que vuelve a cubrir la calzada por la mala práctica de terratenientes y campesinos de ganar espacio al monte. Son las mismas tierras que abrigaron la marcha del Che y de sus compañeros de guerrilla hace ahora 40 años. ¿Por qué eligió una zona tan hostil? Entonces estaban infestadas de soldados bolivianos entrenados por Estados Unidos y comandados por Gary Prado. Hoy parece como que el tiempo se haya detenido.
Y más en Mataral, un pueblo de tránsito que dormita mientras los viajeros se preparan para los últimos 50 kilómetros de travesía por un camino de ripio que, si las promesas de los políticos se cumplen, se convertirá pronto en carretera digna.
La entrada a Vallegrande no presenta ningún elemento que se pueda asociar al Che. Ningún cartel indica que ahí mismo se comenzó a construir el mito, pero sí se respira que su recuerdo habita en todos los rincones de este pueblo venido a menos. El autobús ingresa por calles pedregosas y angostas rodeadas de casas de planta colonial, avejentadas por el tiempo y la escasez de recursos. Estamos a punto de internarnos en la Plaza en la que gira la vida de unos vallegrandinos que se sienten herederos de la historia y que presumen de tener el campanario de piedra más alto de Bolivia.
Pero nadie va a allí buscando Vallegrande, van al encuentro del Ernesto Che Guevara y cada uno lo hace bajo su prisma generacional e ideológico. La Casa de la Cultura sirve como primera toma de contacto con todas esas historias que recorren la vida y la muerte del guerrillero más universal. No en vano, fue precisamente en este enclave donde, a sus 39 años, cerró su heroica carrera de combatiente, donde se puso fin al combate de seis meses de 40 guerrilleros contra 2.000 soldados y donde su cuerpo vencido fue mostrado como si se tratara de un espectáculo circense a las autoridades y a la prensa un 9 de octubre de 1967. Comenzaba ahí su viaje a la eternidad.
Visitar el recoleto Museo del Che, desde 2004 ubicado en el segundo piso del edificio municipal, es irrumpir en su historia, en una mina de recuerdos. Allí las fotografías y los paneles ofrecen un primer paso hacia la fatal desenlace del Che en Vallegrande. Las réplicas de la ropa que usó, el falso pasaporte uruguayo con el que penetró en 1966 en el país (con el nombre de Adolfo Mena González), instantáneas poco difundidas que reseñan su vida y su ejecución, como en la que se ve su morral y su fusil, o sus diarios arrugados.
Fuente:http://www.viamedius.com/