Turquia - el puente de Otrakoy
 

La niebla cubría la parte asiática y apenas era capaz de divisar el puente de Ortakoy. Como de costumbre, había mucho movimiento de pasajeros para coger los ferries y se oían las voces de los impenitentes vendedores ambulantes que estratégicamente se sitúan en este punto de confluencia que es Sirkeci. Me imaginé durante unos momentos las vidas de algunos de los que pasaban cerca de mi, funcionarios que volvían del trabajo, devotas esposas con chadores multicolores, amantes que iban al encuentro de sus citas, todos ellos moviéndose en una perfecta sintonía que me tuvo atónito durante varios minutos.

Aproveché para tomar un último bocado y engullí uno trozo de Kokorech, uno de esos bocadillos que se convirtieron en una parte fundamental de mi dieta en Estambul. Encendí un último cigarrillo y oí el bullicio de la estación que me recordaba que tenía un tren que coger. El tren era una amalgama de gente de todos los orígenes y por minutos me pareció que todo era en blanco y negro. Me pareció que el colorido del Bósforo y la belleza de Santa Sofía se habían reducido a meros espejismos o sueños lejanos de una época mejor. Había perdido otra pista importante de mi pasado y en ese momento me di cuenta que habían pasado ya 4 años desde que comencé una vida errante que me había llevado de ciudad en ciudad. 

Llegué a Estambul un 20 de noviembre siguiendo lo quedaba de una vieja entrada del museo de arte moderno. Una de las pocas cosas que había conseguido recopilar después del incendio. Alquilé una habitación en una pequeña pensión cerca de la plaza de Taksim y me pareció un buen lugar para establecer mi centro de operaciones. Pagué en metálico y por adelantado 3 días y salí a la calle. Me abroché hasta el último botón de mi tres cuartos azul marino y me enfundé en un gorro de lana para cubrirme la cabeza.

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