Bolivia - Santa Cruz de la Sierra
 

Un taxi nos llevaría hasta el centro de Santa Cruz, después de recorrer varios de los anillos de la ciudad.

La guía nos dio pistas sobre alojamientos, pero tan espartanos que nuestros maltrechos cuerpos los rechazaron con una simple ojeada. Con más sueño que ganas de andar, nos decantamos por el Hotel Amazonas (65 bolivianos por persona), muy bien situado y con un ventilador que mitigaría una humedad que entrecortaba la respiración, un calor pegajoso y una humareda que ya formaba parte de nuestros pulmones. Demasiados días de chaqueos.

Santa Cruz es tan rica en contrastes como grande son sus dimensiones. Salirse del casco antiguo, dominado por su catedral atípica, por estar construida en cal y ladrillo visto, es sumergirse en el ruido y el caos. Tantos días de paz en la provincia de Santa Cruz y, de repente, el infierno en forma de coches, autobuses, taxis, motocicletas, vendedores ambulantes, tiendas, mercados, fábricas, edificios altos… Ciudad ruidosa, festiva, calurosa, moderna y agitada. Ese cóctel hizo que no le diéramos demasiadas oportunidades. Han sido tantos los bolivianos llegados desde cualquier rincón del país que se han asentado en Santa Cruz para aprovecharse de su floreciente actividad económica, que la ciudad ha perdido carácter para extenderse sin fin por la llanura a lo largo de nueve anillos concéntricos. Los cambas o cruceños recuerdan a cada instante que son contrarios a Evo Morales, en pintadas, en carteles… cualquier formato es bueno para decir no a su presidente indígena.

Y mientras ellos libran su batalla, nosotras nos dedicamos a recorrer su Plaza 24 de septiembre (como todas las plazas mayores de Bolivia llevan el nombre del día en que se dictó la independencia). Lugar de reunión de los chambas, de tertulia, de ajedrez y de compras, de juegos y de descanso. A un lado la catedral o Basílica Menos de San Lorenzo, al otro el centro de Interpretación Turística, la Casa de la Cultura o el Museo de la Historia. En esa misma plaza el restaurante Lorca ofrece un bonito rincón para cenar mientras se observa el bullicio de la ciudad. Un poco más allá está el mercado de las siete calles donde comprar los últimos recuerdos o, si se prefiere algo de espacio, el Parque del Arenal.

De lo que sí puede dar fe es que es el punto de partida de interesantes excursiones: Vallegrande-La Higuera, para seguir los pasos del Che, Samaipata, un descanso en las alturas, o las misiones jesuíticas.

Fuente:http://www.viamedius.com