Nueva Zelanda - Rotorua
 

Lamentablemente, el único supermercado que encontramos estaba regido por un oriental, que tras saludarle nosotros en chino y responder él que era coreano, nos informó que desconocía que de la oliva pudiera sacarse aceite, por lo que nos vimos obligados a arrojar a nuestra sartén un trozo de mantequilla del que nos apropiamos impunemente del frigorífico comunal, lo cual es asqueroso y no me refiero al hurto. La cosa mejoró cuando fuimos añadiendo los pimientos, cebolla, ajito y champiñones con que pensábamos acompañar nuestro plato de pasta, que hasta la gente se acercaba a olfatear comentando lo bien que se cocina en los países mediterráneos, de lo cual nos solazábamos mucho pensando la porquería de sándwiches que comen estos bárbaros extranjeros. Llegó la hora de incorporar la carne, pues a falta de otra cosa el chino nos había vendido unas latas de carne picada precocinada que aseguraba eran una delicia. Sin embargo, fue una textura gelatinosa y un olor nauseabundo lo que se mezcló con los ingredientes de nuestra sartén.

Pensamos que con un poco de fuego aquello mejoraría pero el olor era cada vez más vomitivo y la gente empezó a llevar sus cosas a la esquina contraria de la estancia. Como nuestras pituitarias andaban pidiendo socorro, dimos por terminada la fase de preparación, nos servimos sendos platos y nos los llevamos al comedor entre no pocas caras de repugnancia. Después de toda la parafernalia que habíamos montado en la cocina no nos quedaba más remedio que comernos orgullosos aquella porquería, masticando los huesecillos con que estaba aderezada la carne, que dudo yo mucho que aquella lata en chino contuviese comida para humanos. Nos lo comimos todo mirando, eso sí, de reojo, los sándwiches de mantequilla de nuestros vecinos.
           
El día amaneció tormentoso y a nuestros planes de ir a la playa se los llevó el viento, por lo que decidimos prorrogar un día nuestra estancia en Auckland. Una recepcionista también oriental nos explicó que si queríamos quedarnos teníamos que cambiar de habitación porque la nuestra estaba reservada y permanecer fuera por la mañana de diez a dos porque tenían que hacer las camas. Extrañados, le preguntamos qué tamaño tenían aquellas camas para tardar cuatro horas en hacerlas y respondió que en aquel momento Internet no funcionaba. O era sorda, o no entendía ingles o nos estaba vacilando.
           
Pasamos el día viendo un acuario y visitando el museo local, referencia de la cultura maorí, donde tuvimos ocasión de apreciar los cantos y bailes de este legendario pueblo.               Nos acompañó Byron, un joven brasileño con quien habíamos compartido la primera habitación, quien nos dijo que tras nuestra marcha nadie la había ocupado, con lo que nos habíamos mudado y esperado cuatro horas en recepción sin motivo alguno.
           
 

Fuente:http://www.viamedius.com