Vacaiones por Cantabria - Laredo
Pero a mi mujer, le encantaba hurgar en la tierra con sus guantes, cortar raices y ubicar sus plantines. Tanto me molestaba verla ahí, tirada en el jardín, que había empezado a odiar las flores.
Qué egoísta, ¿no?, no podía entender que esa actividad le generaba placer a mi mujer, la hacía feliz.
En ese viaje a esa tierra mojada por el río Asón, yo me había encargado de advertirle a mi mujer, que esta vez, mis hijos y yo, no estaríamos dispuestos a acompañarla de recorrida por ningún bosque.
Ella se había callado y había aceptado las condiciones aunque, íntimamente, se moría por conocer el extenso arenal de La Salvé y el terreno alomado, en donde empiezan a aparecer los bosquejos más típicos.
Jamás se quejó de los programas que propusimos nosotros tres, los integrantes restantes de la familia; tres egoístas natos.
Sin embargo, en el último desayuno de aquel viaje, ella olvidó un papel en la mesa del hotel. Yo tomé ese trozo de hoja y empecé a leer. Allí se hablaba de eucaliptos, de pinos, de castaños; vegetación dunar que se podía conocer en Laredo.
Por otra parte, se asentaba la fecha de ese día, por la noche, como el día de la Batalla de las Flores. Ella no había dicho absolutamente nada de aquel evento, entonces consulté con mis hijos, y los tres decidimos dejar el egoísmo de lado, y llevarla de sorpresa.
La Batalla de las Flores se celebra el último viernes de agosto y es la fiesta más popular de Laredo.
Las carrozas desfilan vestidas de flores – margaritas, crisantemos, dalias, claveles y clavelotes- y el día alcanza su culminación en la noche mágica, con una gran catarata de fuegos artificiales.
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