El cielo de Indonesia
El cielo amenazaba lluvia. La pequeña lancha saltaba entre el oleaje. Era un buen día para marchar. En el muelle nos esperaba una furgoneta. El plan inicial era pasar la noche en Manado, pero aprovechando que la agencia de “lion air” estaba al lado del muelle, compramos unos billetes de avión para las tres de la tarde. A la hora de pagar, pudimos comprobar la inoperancia del sistema. Ventanilla tras ventanilla y papel tras papel. Finalmente y con los billetes en la mano, volvimos a la furgoneta que nos llevó hasta su central. Dimos una vuelta hasta la hora de ir al aeropuerto y la misma furgoneta nos condujo a él.
Como era de esperar el vuelo salió con una hora de retraso. Una vez en Macasar, cogimos un taxi de prepago por 90000 rupias que nos llevó hasta la Terminal de autobuses. Había uno que salía a las diez de la noche a Rantenpao. Tuvimos suerte y nos hicimos con los dos últimos asientos (80000 rupias por persona). Todo estaba enlazándose muy bien, habíamos adelantado un día.
Hicimos tiempo en la propia estación de autobuses, en tierra de nadie y comimos pollo en un puesto cercano lleno de jóvenes que tocaban la guitarra mientras nos miraban y reían. El viaje no fue malo pero el aire acondicionado nos dejó un poco incómodos y nos obligó a ponernos el polar. Una travesía en autobús que duró unas ocho horas. Rantepao 12 de junio Ya nos habíamos informado y sabíamos que al día siguiente de nuestra llegada se celebraría una ceremonia religiosa: el sacrificio de los búfalos.
A las seis de la mañana, el autobús nos dejaba a las puertas de un hotel con habitaciones sencillas situadas alrededor de un patio. Los precios eran normales, entre 60000 y 80000 rupias, pero preferimos buscar otro hospedaje que venía en la guía y que era en las típicas cabañas de la zona. Un jardín completamente húmedo acogía a seis cabañas policromadas con los típicos tejados de las casas rurales. Nos pedían 120000 rupias, pero tras regatear conseguimos reducirlo a 90000. Constantemente se nos acercaban guías aficionados para vendernos excursiones, resultaban molestos y nosotros, con buenas formas, nos los quitábamos de encima.
Fuimos a desayunar a un establecimiento un tanto apartado. Allí dentro, mientras nos lo preparaban, se nos acercó un hombre que salió de la trastienda y nos intentó vender un paquete.
Fuente:http://www.viamedius.com