China - calor, humedad, calor
La agencia local nos había advertido: no encontraréis guías de habla inglesa; os atenderán en chino. No importaba. Al fin y al cabo deseábamos adentrarnos en los montes orientales. Unos días de relax vendrían bien para desconectar del bullicio de las grandes ciudades de la región.
Poco antes de las 19.00h una furgoneta vino a recogernos. Dentro, una jóven china nos repartió unos billetes de tren. Apenas habíamos pagado 50€ por tres días, así que no esperábamos grandes lujos. Los billetes correspondían a asientos de madera y se esperaba que alcanzáramos nuestro destino poco antes del mediodía. A la posibilidad de que pudiéramos obtener un asiento más confortable la respuesta fue clara: No es posible. Así que, cargadas con nuestras mochilas, subimos a aquel tren. Al menos teníamos dónde sentarnos. Fueron muchos los compañeros de viaje que durmieron en el suelo aquella noche. O de pie. La gente apostada en los pasillos nos aplastaba. El jaleo de la multitud que parecía competir por hablar más alto nos impedía conciliar el sueño en aquel vagón a rebosar en el que entraban y salían viajeros de forma intermitente. Las tenues bombillas del tren parecían lucir como el sol en la mañana y el olor a comida ya comenzaba a impregnar el convoy.
Las horas pasaban lentamente. Habríamos alcanzado el destino más rápidamente en bicicleta. La travesía parecía interminable y los vagones seguían atestados por una multitud de chinos a los que parecía no importarles las condiciones del viaje. Habíamos desistido de entrar a los baños. Los agujeros no nos parecieron muy apetecibles y el hecho de que se encontraran junto al escupidero no nos sedujo.
Comenzó a amanecer. La multitud comenzó a dispersarse. Unos pocos nos quedamos en aquel tren. Y nos mirábamos unos a otros: todos esperábamos echar una cabezadita antes de llegar a Huangshan. Estiramos las piernas y parecimos dormir como nunca. De pronto, una voz nos despertó: habíamos llegado al destino.
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