Bucarest - el centro turistico
Eso es lo que me puse a pensar, apenas mi amigo me invitó a tomar uno de los vuelos a Bucarest (Bebo vivía ahí desde hacía tres años).
Nuestros caminos habían coincidido; yo estaba con muchas ganas de viajar a cualquier parte, y él estaba con muchas ganas de recibir gente. Desde que vivía allí, nunca había recibido visitas, por eso, en cada ocasión que podía, se encargada de invitar gente.
No creo haber sido la primera opción, seguramente, habré estado en el listado de media tabla para abajo, pero no me importó. Yo quería viajar, conocer gente, y él quería que alguien se encargara de llevarle el dulce de compota de su madre.
Cuando llegué al aeropuerto rumano, me subí a un micro turístico. No tenía ganas de instalarme ya, primero quería conocer algo. Tal vez sí Bebo hubiese sido mi más amigo, hubiera corrido a buscarlo, o él me hubiese ido a buscar al aeropuerto.
Pero nada de eso pasó, y yo me subí al minibus. Allí la azafata-guía nos contaba: “Bucarest está situado a orillas del río Dambovita, que desemboca en el río Arges, un afluente del Danubio”. “Es una ciudad acuática”, pensé, y luego me arrepentí de haber pensado semejante pavada.
“A la derecha podemos ver algunos de los grandes parques y jardines que tiene la ciudad; el Herăstrău Parque y el Jardín Botánico”. “Interesante”, pensé.
En un momento me sentí cansado de escuchar a la agente de turismo y me bajé del transporte. Había estado sentado allí, alrededor de una hora, y me había bajado en su sitio desconocido; aunque, en realidad, todo era desconocido para mí.
Pensé en que, antes de venir, había leído que Bucarest tenía una gran red de transportes, entonces empecé a buscarla.
Cuando me topé con un trolebús, le pregunté a alguien, que por allí pasaba, por la dirección que tenía anotada. Me hizo un gesto que no entendí, pero que tomé como un “si”.
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