Bienvenidos a Bolivia
En el cruce de frontera las colas son largas y sinuosas. Los coyas se amontonan en busca de un paso que los devuelva a su tierra, o los lleve al país vecino.
Los visitantes pasan; sí, caminamos sin pedir permiso, sin ser revisados, sin ser advertidos, pasamos de un país a otro como si nada; decimos buenas tardes o buenos días (según corresponda) y pasamos. No es que me guste que así sea pero, pareciera ser que las reglas son así.
Pareciera ser que no es necesario que mostremos nuestras identificaciones. Aquí., para nosotros, pasar significa hacer un paso, dos, tres, e ingresar en Villazón Bolivia.
Los negocios comienzan a aparecer. Son construcciones humildes, de cuatro paredes, correspondientes a diferentes rubros de expendio: indumentaria, electrodomésticos, calzado, tabaco, artículos de bazar o marroquinería.
Los atienden familias enteras; sus miembros se encuentran sentados, conversando entre ellos, sin desesperarse por venderle al turista, a nosotros, a mí.
Parsimonia es lo que muestran a la hora de concretar una venta, tardan, piensan, y ponen precios según el interesado en cuestión.
Nadie, a excepción de ellos, podrá saber cuál es el criterio utilizado para costear la mercadería, qué rasgos de un tentativo comprador hacen que ese pulóver de lana de llama le salga a tal interesado un precio, y a otro, otro.
Toddy nos avisa de la existencia de una pasadora que, en caso de comprar elementos de magnitud (en relación al tamaño), se encargará de moverlos.
Las pasadoras son mujeres, a las cuales se les paga poco y nada, en resarcimiento por el pasaje de objetos grandes, de una frontera a la otra.
A esa mujer, Toddy la conoce, sabe que es confiable, que no hurta la mercadería, y que efectúa la odisea a través de un río seco.
Fuente:http://www.eviajado.com