Una historia - Bolivia
Llegar resulta arriesgado. Los taxis –único medio para alcanzar esa
población por unos 200 bolivianos- no parecen aptos para aventurarse con éxito a
través de esos kilómetros de vía con curvas en extremo cerradas y carentes de
asfalto. A cada paso es preciso aminorar la marcha para no dejarse absorber por
esa nube de polvo que inunda la calzada al tránsito de cualquier otro vehículo.
Entre tan ajetreado y accidentado viaje, no es extraño toparse con cruces que
marcan la triste historia de una carretera que se precipita hacia la historia y
que guarda celosa a su insigne morador.
En medio del camino se iza Pucara, como un refugio en mitad del pedregal. Aunque nunca el guerrillero pisó su suelo, los habitantes intentan adherirse a la historia y sacar un mínimo provecho antes de que el visitante reemprenda el verdadero motivo de estar allí. No es así en todo el itinerario. Lo que predominan son carteles en los que se niegan en rotundo a comercializar con la imagen del Che.
Casi ningún ser se ve por esa soleada senda que sortea las quebradas del sureste boliviano. Quizá algún perro descarriado, alguna flaca vaca que rumia entre los arbustos y poco más. ¿Por qué el Che Guevara eligió un lugar tan agreste, inhóspito y seco hasta lo impenetrable y de temperaturas extremas? Tuvo once meses –los mismos que permaneció en Bolivia- para encontrar su lugar, y escogió las serranías de Ñancahuazu. Un paisaje agreste, sendas llenas de polvo seco que raspan la garganta, aire caliente que daña, un calor infernal, con vegetación nada generosa y suelo lleno de declives peligrosos, casi sin nada de agua, sin animales a los que cazar… ¿Erró en su cálculo?
Las dos horas y media de viaje dan para pensar. Me imaginé a ese grupo de guerrilleros de hace 40 años caminando por ahí, descalzos, cansados, asediados por un ejército muy superior en número, sin abastecimiento, sudorosos, sucios, cargados de fusiles y cajas metálicas, alimentados sólo con su sueño de libertad.
Pero ese sueño tuvo su final en la Quebrada del Yuro; en el mismo lugar donde el Che fue herido y apresado el 8 de octubre. Una placa en lo más profundo del cañadón muestra las marcas de su captura. La señal, a modo de hendiduras de bala en una piedra, está junto a la chacra de papas de Santos Aguilar, un agricultor de la zona, y cobijada por una higuera con una copa de tres metros de diámetro. Para alcanzar ese punto es preciso armarse de valor. Cada bocanada de aire requiere de una pausa. Es tanto el calor y el polvo que cada inhalación es un desafío. La vegetación seca con espinos no permite salirse de la sinuosa y empinada senda que conduce hasta la quebrada.
Y con el recuerdo de las balas e intentando imaginarse a un Che ascendiendo por esa pendiente, con un proyectil alojado en su pierna, surge un punto situado a unos tres kilómetros más arriba, en la cima de una colina cualquiera boliviana. Pero no es cualquier cosa. Es La Higuera, donde el tiempo se detuvo hace ahora 40 años. Y es que todo parece permanecer como entonces.
Fuente:http://www.viamedius.com