Mexico - Acapulco
 

Por la banquina, y a fondo, llegué al aeropuerto, portando una de las sonrisas más verídicas que había logrado en toda mi vida. Pero, apenas llegado, supe que mis dientes no estarían afuera demasiado rato.

Todo el aeropuerto compadeciendo a la gente que, como yo, viajaba a México. Toda la gente, con los diarios en la mano, hablando de epidemia, de gripe, de alerta, de prevención, de barbijos, y yo que ni me había enterado de nada.
Mi vuelo a Acapulco estaba anunciado para dentro de dos horas, o sea que tenía tiempo de pasar por boxes – soy fierrero, ¿se nota?-.
 

Primeramente me compré el diario – aunque no soy un gran comprador de periódicos- para poder conocer el objeto que tematizaba las conversaciones de todos los viajeros en el aeropuerto.

Allí escuché, por vez primera, el término gripe porcina, y su epidemia en México, y me asusté. Aunque, más tarde, decidí abstraerme con la sinfonía de mi mp3. Yo había deseado ese viaje, como desee mi primer auto y nada me lo iba a salpicar.

Me subí a un avión semi vacio – por la devolución de pasajes- y viré hacia el estado de Guerrero, al suroeste de México. Allí se asentaba Acapulco, uno de los destinos turísticos más importantes del mundo.

Como un terremoto, que hace pié en mi sitio de vacaciones, o un atentado que se ejecuta en el tiempo que visito un nuevo país, a mí me travesaba el terror a una epidemia, cuyo avance parecía arrasador.

No podía creerlo; estaba en el lugar que soñaba en el momento menos indicado. El primer indicio puede experimentarlo cuando, al salir del aeropuerto, me fue entregado un barbijo y se me informó sobre las precauciones que debía tener.

En ese momento sentí ganas de poner la marcha atrás y regresar a mi casa. No quería que un viaje tan planeado, soñando con nadar en la playas de Roqueta, Caleta, Langosta y Manzanilla, se diera bajo ese marco situacional.

Fuente:http://www.eviajado.com